El fin de la circunstancia

Nada de lo verdaderamente importante lo elegimos nosotros: nacer, ser hombre o mujer, morir. Nacer es circunstancial, el sexo lo determina el padre, morir es el fin de la circunstancia.

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Transición

Es ajeno irse convirtiendo en otra persona. Para evitar el súbito ocurre lentamente, segundo a segundo. Es imperceptible en esos fragmentitos de vida, pero abrumador al examinarse al final del túnel. Ese túnel que construimos cada noche antes de dormir, cuando vamos en el transporte al trabajo, mientras nos bañamos. Ese túnel. Todos los túneles son el mismo. Todos apuntan al pasado, a los pasados superpuestos que componen la existencia.

¿Recuerdas cuando te decidiste a cortarte el cabello? Decidiste terminar con el pasado que viste desde algún túnel. Cambiar el futuro, aquél en el que tendrías el cabello largo. Lo cambiaste por uno sin melenas a los lados de tu cara. Y así poco a poco comenzaste a dejar de ser tú, el tú de antaño. Hasta que parece que ya no lo eres más y sólo el vago recuerdo de los aferrados te dibuja en una memoria.

Me asusta dejar de ser la yo que conozco, la yo que se aferra a todo como si el orden del universo dependiera de ello. Me aterra ir modificando el futuro para convertirme en alguien más. ¿Cuáles son los cabellos que me cortaré, que tiraré a la basura, que sean lo suficientemente representativos para redefinirme?

Toma la ruta

Avanzar, flotar sin caerse, orillarse para titubear, continuar sin rumbo o con uno pero desviándose cada que la niebla lo dicte. Llegar para al final no saber que se ha llegado. Retroceder, calmar las ansias de escape, caminar el camino ya caminado, estrellarse con el uno mismo que venía, el que ya llegó y no lo sabe, el que querrá volver.

Cuando se entierren esos intentos, se sabrá si han servido de algo.

Estás en el idioma de la ausencia.

¿Cómo encuentro el equilibrio entre dos cosas que no logro siquiera subir a una balanza? Se me desbordan los sentimientos y la razón intenta, sin éxito, atraparlos en una red imaginaria.

La red termina rompiéndose y éstos escurriéndose vertiginosamente. Me detengo a respirar, lentamente, para intentar llamar a esos sentimientos que se escapan.

Regresan, cuando estoy tranquila, vuelven a su hábitat. Pero la razón se ha ido. Queda la red inservible,  las cicatrices que los sentimientos dejaron al escaparse… y el fantasma de Sísifo que, cuando se vaya, será porque ha vuelto.

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