El fin de la circunstancia
Nada de lo verdaderamente importante lo elegimos nosotros: nacer, ser hombre o mujer, morir. Nacer es circunstancial, el sexo lo determina el padre, morir es el fin de la circunstancia.Archivos para Sueño
El otro sueño
Soñé con la indefensión, con la inmovilidad del espíritu y las cuatro extremidades, con el preámbulo del destino. Mis manos alistaban instrumentos de pelea que no sé usar, mis ojos avistaban a los enemigos aproximándose, midiendo mis alcances, previendo mis movimientos. Mi espíritu flaqueaba, pero mi soledad me impulsaba al no tener qué perder. Mi vista borrosa me traicionaba paulatinamente, lágrimas imaginarias se anteponían a mi percepción del mundo, deformándola y nublándola. El momento se acercaba, los hombres se aproximaban rodeándome, emitiendo un sudor ansioso y un aliento apabullante. Todo se nublaba, debía pelear o escapar, adelantar la tortura o postergarla. Me circundaron; solté los primeros golpes con los palos de madera que empuñaban mis manos, algunos impactaron carne y hueso enemigos, otros sólo alborotaron el aire. Mi vista me abandonó definitivamente, mis fuerzas también, la inquietud de mi cuerpo que ya se sentía ajeno me convenció del fin. Mis agresores vencieron. Captura, tortura, deseo, desprecio. No pude huir como en mis otros sueños. Tampoco despertar.
Imbuída
Recuerdo sus rostros como de corderitos esperando pasivamente una orden, para ejecutarla de la forma más dócilmente imaginable. Sus miradas parecían perdidas, escapadas a la lejanía de la pared del cuarto a tan sólo unos metros. Sus cuerpos forrados de pelo grueso y chino que se antojaba acariciable, como el estambre que usa una futura madre para tejer la chambrita de su descendiente, esos cuerpos inmóviles yacían en el piso cubriendo sus huesos y entrañas.
Quería tocarlos pero no me atrevía, pensé que mostrarían instantaneamente sus colmillos escondidos tras su mirada apacible. Lo toqué. Parecieron despertar de una hipnosis tan leve como la de una aspirina sobre un dolor de cabeza. Ambos me miraron, a pesar de que sólo acaricié la cabeza peluda de uno. Me miraron como obedeciéndome. No salieron palabras de mi boca, sin embargo, ellos entendieron que quería que vinieran conmigo. Ellos leían mi pensamiento y lo entendían. Ellos eran yo, estaban adormecidos ante la multitud de invitados en esa casa, como estoy yo entre la gente que habla y habla en el trabajo, que se ríe y bromea en la calle, que se ama y pelea en sus casas.
Ellos son yo pero yo no puedo ser ellos. No logro abstraerme de esa forma, la multitud me imbulle.





