El fin de la circunstancia
Nada de lo verdaderamente importante lo elegimos nosotros: nacer, ser hombre o mujer, morir. Nacer es circunstancial, el sexo lo determina el padre, morir es el fin de la circunstancia.Archivos para DIario
Encajados
En estos dias, el sol sale incluso para la esquina olvidada de este cuarto, aquélla con las cajas apiladas llenas de pasado que no me da la gana destapar. El sol avienta sus rayos durante varias horas, haciéndole compañía a mis vicios de computadora y soledad.
Por momentos, la mirada se me pierde sobre esas paredes de cartón que contienen pasado remoto. No intento imaginar qué hay dentro, intento imaginarme interactuando con su contenido, sin saber bien a bien cuál es.
Dos caminos
Vas a decir que no entiendo. Que tus palabras son como balas inocuas transparentes que atraviesan mis oidos pero no dejan rastro en mí, que estás harto de repetir una y otra vez las mismas frases cargadas del mismo sentido, aquél que yo no comprendo. Y tal vez tengas razón: no entiendo. Tal vez mi entorno pesado de amargura forma una coladera con agujeros tan pequeños que nada alcanza a entrar, que la razón se quedó atascada ahí hace tiempo y sus fragmentos, que de vez en cuando caen ya carentes de sentido, sólo sirven para recordarme el pasado caduco.
No te entiendo. Vivo atrapada en el pasado como un recuerdo, vivo avanzando en cámara lenta hacia el presente, intentando alcanzarte. Avanzo siempre imantada al pretérito que tú tan fácilmente olvidas.
El tiempo nos separó. Y pronto también la distancia.
Los cuatro
El primero.
Llama por teléfono. Su voz tan cercana, en mi oido, su presencia también, tan sólo a unos metros. Transporte público, teléfono público. Voces que viajan miles de kilómetros en segundos y que podrían estar a menos de un metro de distancia, rebotando en los cuerpos que las emiten, frente a frente… si yo bajara del autobús, si él atravesara la avenida. Ambos seguimos nuestro curso, la lluvia es testigo, la comunicación termina.
El segundo.
Llama también por teléfono después de días de obsesiva insistencia. Da las gracias, las siento como una despedida. Ya las había escrito, esas palabras yo ya las había leido y las había escuchado durante la lectura mental. Extrañeza al escucharlas de su voz a través del aparato móvil. ¿Para qué llama? ¿para qué reiterar?. Rasgos obsesivos. ¿Por qué la necesidad/necedad de pronuciarlas?. Más extrañeza en mi lado de la línea. Otra avenida, coches, lluvia que ha cesado, fin de la conversación. Fin de la obsesión temporal.
El tercero.
Llegué a sentarme a esperar en la acera. “No quiero que estos briagos te vean”. Qué detalle. Qué… Nos encontramos en la calle, nos miramos, conversamos. Veo el paso del tiempo en su frente, en sus ojos, en su sonrisa, en su mirada, en su piel, en él. Lo veo y me veo sin posar los ojos sobre mí misma. Me veo, me encuentro, me rememoro, me percibo, me persigo. Me voy. Cambio de locación, mismos personajes. Hablamos sobre el vacío, la inutilidad de nuestra cotidianidad, el hartazgo de la rutina. ¿Y luego? nada. Más vacío. Falta de palabras para expresar lo que sentimos y lo que no también.
Nuestras frases traen imágenes de personas y situaciones. Sicópata, mamá, teléfono. Palabras que como marionetas representan un acto, palabras que controlamos al pronunciarlas, que poseemos momentáneamente y manipulamos. Cesamos de decirlas y se van, como quedando tras el telón que ha traido el silencio. Abrazo. Despedida. Soledad recién reestrenada. Soledad entre la multitud de mentes dentro de cuerpos que se dirigen a algún lugar cercano al que voy.
El cuarto.
También me habla desde alguna localidad en la putrefracta ciudad. Se prepara para alejarse una vez más. Me preparo para despedirme, para cumplir el ciclo. Se aproxima el alejamiento de miles de kilómetros, se acerca sigiloso pero sin ocultarse, va avisando su proximidad. El alejamiento se aproxima. Igual que la muerte.
En la arena
Para ti a quien encontraré
en “esa amalgama extraña”
El agua se hace presente. Lágrimas sin razón tangible, sentimientos que toman forma de gotas que emergen de la comisura de los ojos, fragmentos de agua salada que brotan de mi cara y distorsionan lo que veo, caen para evaporarse después, como si los sentimientos tuvieran como fin desaparecer fuera de mí. A la vez permanecen, los percibo dentro de mi ser, me oprimen las ideas. Las pocas sensateces quedan varadas cual sirenas que yacen en la arena, consumiéndose bajo el sol de mediodía sin poder transladarse al fondo del mar, donde a nadie tienen que explicar su existencia fantástica, donde nadie las cuestiona y su existir transcurre sin turbación y sus lágrimas son imperceptibles en el océano infinito.





