El fin de la circunstancia
Nada de lo verdaderamente importante lo elegimos nosotros: nacer, ser hombre o mujer, morir. Nacer es circunstancial, el sexo lo determina el padre, morir es el fin de la circunstancia.Archivos para Octubre, 2008
El otro sueño
Soñé con la indefensión, con la inmovilidad del espíritu y las cuatro extremidades, con el preámbulo del destino. Mis manos alistaban instrumentos de pelea que no sé usar, mis ojos avistaban a los enemigos aproximándose, midiendo mis alcances, previendo mis movimientos. Mi espíritu flaqueaba, pero mi soledad me impulsaba al no tener qué perder. Mi vista borrosa me traicionaba paulatinamente, lágrimas imaginarias se anteponían a mi percepción del mundo, deformándola y nublándola. El momento se acercaba, los hombres se aproximaban rodeándome, emitiendo un sudor ansioso y un aliento apabullante. Todo se nublaba, debía pelear o escapar, adelantar la tortura o postergarla. Me circundaron; solté los primeros golpes con los palos de madera que empuñaban mis manos, algunos impactaron carne y hueso enemigos, otros sólo alborotaron el aire. Mi vista me abandonó definitivamente, mis fuerzas también, la inquietud de mi cuerpo que ya se sentía ajeno me convenció del fin. Mis agresores vencieron. Captura, tortura, deseo, desprecio. No pude huir como en mis otros sueños. Tampoco despertar.
Emulación
¡Hola GC!
Sólo quería avisarte que voy camino a la casa, que espero estés ahí cuando yo llegue. Si no te veo, supondré que quieres jugar a las escondidillas. Te buscaré detrás de las puertas, debajo de la cama, atrás del sillón… espero encontrarte. Quiero contarte sobre un día en el que me disfracé de ti, un día que seguramente no me viste pero que hice honor a tu particular forma de existencia. Quiero hablarte, quiero que me escuches, quiero saber que no estoy sola en esa casa de horrible piso amarillo manchado.
Nos vemos en unos minutos.
Imbuída
Recuerdo sus rostros como de corderitos esperando pasivamente una orden, para ejecutarla de la forma más dócilmente imaginable. Sus miradas parecían perdidas, escapadas a la lejanía de la pared del cuarto a tan sólo unos metros. Sus cuerpos forrados de pelo grueso y chino que se antojaba acariciable, como el estambre que usa una futura madre para tejer la chambrita de su descendiente, esos cuerpos inmóviles yacían en el piso cubriendo sus huesos y entrañas.
Quería tocarlos pero no me atrevía, pensé que mostrarían instantaneamente sus colmillos escondidos tras su mirada apacible. Lo toqué. Parecieron despertar de una hipnosis tan leve como la de una aspirina sobre un dolor de cabeza. Ambos me miraron, a pesar de que sólo acaricié la cabeza peluda de uno. Me miraron como obedeciéndome. No salieron palabras de mi boca, sin embargo, ellos entendieron que quería que vinieran conmigo. Ellos leían mi pensamiento y lo entendían. Ellos eran yo, estaban adormecidos ante la multitud de invitados en esa casa, como estoy yo entre la gente que habla y habla en el trabajo, que se ríe y bromea en la calle, que se ama y pelea en sus casas.
Ellos son yo pero yo no puedo ser ellos. No logro abstraerme de esa forma, la multitud me imbulle.
Los cuatro
El primero.
Llama por teléfono. Su voz tan cercana, en mi oido, su presencia también, tan sólo a unos metros. Transporte público, teléfono público. Voces que viajan miles de kilómetros en segundos y que podrían estar a menos de un metro de distancia, rebotando en los cuerpos que las emiten, frente a frente… si yo bajara del autobús, si él atravesara la avenida. Ambos seguimos nuestro curso, la lluvia es testigo, la comunicación termina.
El segundo.
Llama también por teléfono después de días de obsesiva insistencia. Da las gracias, las siento como una despedida. Ya las había escrito, esas palabras yo ya las había leido y las había escuchado durante la lectura mental. Extrañeza al escucharlas de su voz a través del aparato móvil. ¿Para qué llama? ¿para qué reiterar?. Rasgos obsesivos. ¿Por qué la necesidad/necedad de pronuciarlas?. Más extrañeza en mi lado de la línea. Otra avenida, coches, lluvia que ha cesado, fin de la conversación. Fin de la obsesión temporal.
El tercero.
Llegué a sentarme a esperar en la acera. “No quiero que estos briagos te vean”. Qué detalle. Qué… Nos encontramos en la calle, nos miramos, conversamos. Veo el paso del tiempo en su frente, en sus ojos, en su sonrisa, en su mirada, en su piel, en él. Lo veo y me veo sin posar los ojos sobre mí misma. Me veo, me encuentro, me rememoro, me percibo, me persigo. Me voy. Cambio de locación, mismos personajes. Hablamos sobre el vacío, la inutilidad de nuestra cotidianidad, el hartazgo de la rutina. ¿Y luego? nada. Más vacío. Falta de palabras para expresar lo que sentimos y lo que no también.
Nuestras frases traen imágenes de personas y situaciones. Sicópata, mamá, teléfono. Palabras que como marionetas representan un acto, palabras que controlamos al pronunciarlas, que poseemos momentáneamente y manipulamos. Cesamos de decirlas y se van, como quedando tras el telón que ha traido el silencio. Abrazo. Despedida. Soledad recién reestrenada. Soledad entre la multitud de mentes dentro de cuerpos que se dirigen a algún lugar cercano al que voy.
El cuarto.
También me habla desde alguna localidad en la putrefracta ciudad. Se prepara para alejarse una vez más. Me preparo para despedirme, para cumplir el ciclo. Se aproxima el alejamiento de miles de kilómetros, se acerca sigiloso pero sin ocultarse, va avisando su proximidad. El alejamiento se aproxima. Igual que la muerte.





