El fin de la circunstancia

Nada de lo verdaderamente importante lo elegimos nosotros: nacer, ser hombre o mujer, morir. Nacer es circunstancial, el sexo lo determina el padre, morir es el fin de la circunstancia.

“This whole life is it a dream? I can’t tell
I got up, then I waved, then I fell
I recall, you were there with me
Overjoyed and at peace”1

Oye ¿tienes cinco minutos para escucharme? ¿recuerdas todo lo que te contaba sobre él, sobre nosotros, en aquel tiempo? ¿Recuerdas cómo una y otra vez mi escritura nerviosa llegaba a tu pantalla con mis ansiedades enclavadas en mi corazón? ¿Recuerdas que te narraba cómo mis sentimientos hirvientes se agolpaban en mi garganta? ¿cómo mis gritos que intentaban alcanzarlo en las profundidades de su caparazón no lograban penetrar su necedad? ¿cómo él ignoraba repetidamente los anzuelos que le enviaba desde lo más profundo de mi querer? ¿te acuerdas?

¿Creerías si te dijera que nada de eso ha cambiado y que sin embargo ya nada es igual? ¿si te dijera que la lucha sigue dentro de mí a pesar de que en la realidad ha terminado? ¿que mi mente no logra bajar del cuadrilátero de donde tantas veces salí herida? ¿que lo observo vacío pero permanecen los recuerdos que mi mente exhibe a manera de proyector? Pensarás que estoy loca y que debería retirarme de las gradas de ese ring vacío, que de nada sirve haberse alejado si seguiré sentada con los ojos fijos entre las cuerdas, que la vida sigue allá afuera entre personas reales que también sueñan con sus cuadriláteros y sus contrincantes.

No sé cómo dar la media vuelta y salir de ese escenario que vio mis continuas derrotas. No sé cómo decirle adios a esos tristes momentos porque ellos tienen enclavados los buenos momentos. Dejarlos ir es dejar ir todo.

Todo.

115 minutes. The Strokes.

¿Para qué?

Hoy tiene otro origen pero el mismo significado.

La pregunta que me arrojó como respuesta es, en este instante, abrumadoramente significativa. Todo se reduce a ella. Me tiene ahora atrapada.

Camino sobre la delgada línea que se comenzó a dibujar cuando me la dijo. La veo a la distancia y duele aún lo mismo, pero el ambiente la ha impregnado de tantos significados que son contestaciones a mis estériles cuestionamientos.

No vale la pena aferrarse a la podredumbre de los sentimientos pisoteados, son tierra fértil de melancolías inútiles.

Pero si tan sólo él quisiera…

¿Para qué?

Una historia

Iniciaba con sonrisas y momentos agradables, actitud abierta a la convivencia, pláticas amenas y estados de ánimo dispuestos a socializar. Transcurría felizmente el tiempo y, un mal día, su eterna necesidad de alejamiento traía la ruptura -siempre intuida, nunca bienvenida-. Se iniciaba el desencuentro: su abandono, sus palabras de hastío, sus pasos alejándose. El escenario quedaba desierto. Las emociones lastimadas se retiraban avergonzadas por haberse ilusionado, su presencia lejana daba la espalda y se hundía en el ensimismamiento. Un buen día, el renacimiento como fénix, a veces avergonzado a veces radiante. Comenzaba el contacto: acercamientos como anzuelos, frases como leves caricias. Estaba de vuelta, parado sobre las cenizas de lo que destruyó su partida. Se enmendaban los lazos, se vendaban las cicatrices, se enyesaban las ilusiones.

Todo brilló de nuevo: su blanca sonrisa ante el sol, su ánimo relajado, su disposición a convivir. Pasó el tiempo contento y, un maldito día, su continua búsqueda de alejamiento forzó el rompimiento. Se manifestó el adiós: su abandono caló en lo más profundo, sus frases de tedio aplastaron el corazón, sus pisadas marcaron la despedida. La circunstancia se tornó despoblada. Los sentimientos heridos se refugiaron insultados al haber caído en la ensoñación, su fantasma distante ofreció el dorso y se imbuyó en el encapsulamiento. Un día: su resurgimiento. Entabló la comunicación pero no encontró escucha. De pie sobre los despojos, no pudo subsanar los lazos ni las cicatrices ni las ilusiones. No hubo a quién sonreirle, a quién platicarle, a quién alejar en el futuro. Nadie a quién dañar.

Sólo es una forma de dividir el tiempo, no tiene gran importancia, pero escuchar la actividad vecina me hace sentir como si me perdiera de algo, como si mi elección hubiera sido la incorrecta.

Invitaciones rechazadas como de costumbre… antes ella me traía viajes fuera de la ciudad, me arrancaba gratamente de la rutina, poblaba mi cabeza y mi corazón de momentos compartidos.

Ahora es un adiós más, no sólo a los paseos acompañados, sino a los recuerdos disecados.

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